Halloween ¿Es solo una fiesta?


Comencemos definiendo qué es esta fiesta y en qué consiste:

Halloween (contracción de All Hallows’ Evening), también conocido como Noche de Brujas o Noche de Difuntos, es una fiesta de origen celta; tiene origen en la festividad del Samhain, palabra que deriva de irlandés antiguo y significa fin del verano, considerada como el «Año nuevo celta», el cual comienza con la estación oscura; La tradición de los antiguos celtas les hacía creer que, una delgada línea que une a este mundo con el Otro Mundo se estrechaba en este día, lo que permitía a los espíritus (tanto benévolos como malévolos) pasar a través .Dichos espíritus según la costumbre druida, en esa fecha tenían la costumbre de dirigírse hacia lo que fue su casa en vida, a pedir comida. Por ello, todos acostumbraban el uso de trajes y máscaras para ahuyentar especialmente, a los espíritus malignos. Su propósito era adoptar la apariencia de un espíritu maligno para evitar ser dañado; también se acostumbraba hacer balance de los alimentos disponibles para poder prepararse para enfrentar el invierno que estaba próximo a venir. También se nos cuenta que era un día para hacer predicciones acerca del futuro. Cuando los romanos invadieron los territorios celtas, en la expansión de su imperio, asimilan dicha festividad, aunque ellos ya venían celebrando los últimos días de octubre, la «fiesta de la cosecha», en honor a Pomona (diosa de los árboles frutales), logrando que se mezclaran ambas tradiciones.

Muchos años después, los Papas Gregorio III (731–741) y Gregorio IV (827–844) intentaron suplantarla por una festividad cristiana (Día de Todos los Santos) para que fuera celebrada el 1 de noviembre, sin lograr reemplazarla, sino que, se combinaran las dos.

En 1840 esta festividad llega a los Estados Unidos de Norteamérica, gracias a las tradiciones de los inmigrantes irlandeses quienes difundieron la costumbre de tallar los «Jack-o’-lantern» (calabaza gigante hueca con una vela en su interior inspirada en la leyenda de «Jack el Tacaño», quien era un granjero que engañaba y mentía a vecinos y amigos. Esta conducta le consiguió toda clase de enemistades pero también una reputación que rivalizaba con la del diablo.

La Biblia, especialmente en Devarím / Deuteronomio 18:10-12, es muy clara en la relación que deben tener los hijos de Israel con respecto a la brujería; está escrito así: No se hallará entre los tuyos quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique la adivinación, ni pronosticador, ni adivino, ni hechicero, ni encantador de animales, ni nigromante, ni yideonita, ni quien consulte a los muertos; porque abominable es para el Eterno todo aquél que hace estas cosas, y por causa de estas abominaciones el Eterno, tu Elohim, los destierra de delante de ti.

También encontramos otra referencia: Vayickrá / Levítico 20:6 Y la persona que se volviere a los nigromantes y a los adivinos para errar en pos de ellos, Yo pondré Mi rostro contra tal persona, y le segregaré de entre su pueblo.

A pesar de las múltiples advertencias, es clásico el suceso de Shaúl consultando a la Bruja de Ein Dor (libro 1 de Shmuel cap. 28). Para ello grandes estudiosos han intervenido y han dejado sus opiniones en muchos escritos a lo largo y ancho de la historia judía: pensadores como Najmánides y Rambam, han dejado tal vez la huella más clara al respecto: ellos han dicho que aunque la brujería llegara a ser real, o solamente efectos especiales, refiriéndose específicamente al fenómeno de Shaúl consultando a la médium, la palabra de El Eterno es clara: Halloween, ni la brujería deben tener ningún tipo de relación con el cristianismo.

Cuando llega el día de Halloween, algunos padres alistan a sus hijitos; disfrazados salen a la calle y los acompañan a pedir dulces donde sus vecinos. No sé si realmente saben de dónde proviene o qué fondo trae esta festividad. No sé si les importa. Pero ven que muchos de los niños de la ciudad salen disfrazados y piden dulces en cada casa, ¡sus hijos no se pueden quedar atrás! lógicamente no se piensa mucho, no se mide consecuencias, no se analiza, solo es cuestión de dejarse llevar por lo que se ve y permitir ésta satisfacción a sus hijos, no sea que se vayan a sentir diferentes a los demás.

Si bien es cierto que los disfraces pueden ser algo divertido -tal vez más para grandes que para los chicos- no hay que desechar tan olímpicamente su procedencia, si es que se trata de personas pensantes. También hay que preguntarse: ¿Es esta enseñanza la que deseo transmitir a mis hijos?, ¿Son estos los valores?, ¿Es esto, realmente más divertido que llevar a mis hijos al parque? Porque si de diversión se tratase, cualquier padre puede hacer un listado enorme de otro tipo de eventos menos nefastos. Si se trata de hacer lo que los demás hacen es un defecto de identificación y pérdida de valores propios. .


Hay que tener cuidado, hay que ser precavido, claro, lúcido y consecuente en la educación de los hijos y por qué no, en nuestra propia conducta, que eventos que aparentan diversión, alegría y la intención de su manifestación sea inocente, en realidad puede ser la fachada de algo maligno.

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